El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Todo lo contrario. Mis venganzas, mis glotonerías, mis necedades y todas mis boberías pasaban por gracias propias de la edad, como si la edad primera no fuera la más propia para imprimirnos las ideas de la virtud y del honor.
Todos disculpaban mis extravíos y canonizaban mis toscos errores con la antigua y mal repetida cantinela de: déjelo usted; es niño; es propio de su edad; no sabe lo que hace.
¿Cómo ha de comenzar por donde nosotros acabamos?, y otras tonterías de este jaez, con cuyas indulgencias me pervertía más mi madre; y mi padre tenía que ceder a su impertinente cariño. ¡Qué mal hacen los hombres que se dejan dominar de sus mujeres, especialmente acerca de la crianza o educación de sus hijos!
Finalmente, así viví en mi casa los seis años primeros que vi el mundo. Es decir, viví como un mero animal, sin saber lo que me importaba saber y no ignorando mucho de lo que me convenía ignorar.
Llegó, por fin, el plazo de separarme de casa por algunos ratos; quiero decir, me pusieron en la escuela, y en ella ni logré saber lo que debía, y supe, como siempre, lo que nunca había de hacer sabido, y todo esto por la irreflexiva disposición de mi querida madre; pero los acontecimientos de esta época, os los escribiré en el capítulo siguiente.