El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I El temor y la lástima que me causó aquel triste espectáculo me hicieron esforzar la voz cuanto pude, y les grité a los enfermeros: “¡Hola, amigos, levántense, que se muere un pobre!” Cuatro o cinco veces grité, y o no me oían aquellos pícaros, o se hacían dormidos, que fue lo que tuve yo por más cierto; y así, enfadado de su flojera, a pesar de mis dolores, les tiré con el jarro de la bebida con tan buen tino que los bañé mal de su grado.
No pudieron disimular, y se levantaron hechos unos tigres contra mí, hartándome de desvergüenzas; pero yo, valiéndome del sagrado de mi enfermedad, los enfrenté diciéndoles con el garbo que no esperaban.
-Pícaros, indolentes, faltos de caridad, que os acostáis a roncar, debiendo alguno quedar en vela para avisar al padre capellán de guardia si se muere algún enfermo, como ese pobrecito que está expirando. Yo mañana avisaré al señor mayordomo, y si no os castiga, vendrá el escribano y le encargaré avise estos abusos al excelentísimo señor virrey, y le diga de mi parte que estabais borrachos.
Se espantaron aquellos flojos con mis amenazas y cavilosidades, y me suplicaron que no avisara al superior; yo se lo ofrecí con tal que tuviesen cuidado de los pobres enfermos.