El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Entre tanto teníamos este coloquio, murió el infeliz por quien me incomodé, de suerte que cuando fueron a verlo, ya era ánima.
En cuanto aquellos enfermadores o enfermeros vieron que ya no respiraba, lo echaron fuera de la cama calientito como un tamal, lo llevaron al depósito casi en cueros, y volvieron al momento a rastrear los trebejos que el pobre difunto dejó, y se reducían a un cotón y unos calzones blancos viejos, sucios y de manta; un eslaboncito, un rosario y una cajilla de cigarros que no creo que la probó el infeliz.
En tanto que el aire, se hizo la hijuela y partición de bienes, tocándole a uno (de los dos que eran) los calzones y el rosario, y al otro el cotón y el eslaboncito; y sobre a quién le había de tocar la cajilla de cigarros trabaron una disputa tan alterada, que por poco rematan a porrazos, hasta que otro enfermo les aconsejó que se partieran los cigarros y tiraran el papel de la cubierta.
Aprobaron el consejo, lo hicieron así; se fueron a acostar, y yo me quedé murmurando la cicatería e interés de semejantes muebles; pero como a las tres de la mañana me dormí, y tan bien, que fue señal evidente de que habían calmado mis dolores.