El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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–¡Cáusticos y líquidos! -exclamé yo-. ¡Por María Santísima, que no me martiricen ni me lastimen más de lo que estoy! Ya que ayer no me mató el payo a palos, no quieran ustedes, señores, matarme hoy de hambre ni a quemadas.

A mis lamentos hicieron advertir al doctor que yo no era el febricitante, sino un herido.

Entonces, cargándose de razón para encubrir su atolondramiento, preguntó:

-¿Pues qué hace aquí? A su sala, a su sala.

Así se concluyó la visita, y quedamos los enfermos entregados al brazo secular de los practicantes y curanderos. De que yo vi que a las once fueron entrando dos con un cántaro de una misma bebida, y les fueron dando su jarro a todos los enfermos, me quedé frío.

¿Cómo es posible, decía yo, que una misma bebida sea a propósito para todas las enfermedades? Sea por Dios.

Después entró el cirujano y sus oficiales, y me curaron en un credo; pero con tales estrujones y tan poca caridad, que a la verdad ni se los agradecí, porque me lastimaron más de lo que era menester.


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