El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Como yo no lo dejé tan mal parado, ni lo había conocido tan trapiento, me asusté pensando que había alguna gran novedad, y que por eso venía disfrazado mi amigo; pero él me sacó del temor que me había infundido diciéndome que aquel traje era el propio y el único que tenía, porque los cuidados le habían seguido como a los perros los palos; que desde el día de mi desgracia no había podido alzar cabeza; que todo el asunto se supo entre los jugadores, y que ya no le daban lugar en ningún juego, porque todos lo trataban de entregador; que el mismo día, luego que me echó menos y supo que había ido con el payo, temió lo que pasó, y a la noche fue a informarse al mesón, donde le dijeron que mi heridor, así como se recobró de la cólera y advirtió el desaguisado que había hecho, temeroso de la justicia, ensilló su caballo y tomó las de Villadiego, con tal ligereza que cuando los alguaciles fueron a buscarlo, ya él estaba lejos de México; que el pícaro del compañero que apostó los albures se marchó también con el dinero, sin saberse adónde, de suerte que no le tocó al dicho Januario un real de su diligencia;[49] que a pie y andando fue éste en su busca hasta Chilapa, donde le dijeron que se había ido; que hizo su viaje en vano; que se juntó con otros hábiles y se fue de misión[50] a Tixtla, pensando hacer algo, porque había fiesta; pero que el subdelegado era opuestísimo a los juegos, y no pudo hacer nada; que de limosna se mantuvo y se volvió a México; que dos días antes había llegado, y luego que se informó que todavía estaba yo en el hospital, me vino a ver; que estaba pereciendo, y últimamente que deseaba que yo saliera para que entre los dos viéramos lo que hacíamos.