El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Salí por fin, todo entelerido y entrapajado; pero, ¿adónde salí? A la calle, porque casa no la conocía, y salí peor de lo que entré, porque mis trapillos estaban malos a la entrada, pero salieron desahuciados. No sé en qué estuvo.
Pobre y trapiento, solo, enfermo y con harta hambre, me anduve asoleando todo el día en pos de mi protector Januario, a cuyas migajas estaba atenido, sin embargo de que lo consideraba punto menos miserable que yo.
Mis diligencias fueron vanas, y era la una del día y yo no tenía en el estómago sino el poquito de atole que bebí en el hospital por la mañana, por señas de que al tomarlo me acordé de aquel versito que dice:
Éste es el postrer atole
que en tu casa he de beber.
Ello es que ya no veía de hambre, pues así por la pérdida de sangre que había sufrido, como por el mal pasaje del hospital, estaba debilísimo.
No hubo remedio: a las tres de la tarde me quité la chupa en un zaguán y la fui a empeñar.
¡Qué trabajo me costó que me fiaran sobre ella cuatro reales! Pues no pasaron de ahí, porque decían que ya no valía nada; pero por fin, los prestaron, me habilité de cigarros y me fui a comer a un bodegón.