El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Algo se contentó mi corazón luego que se satisfizo mi estómago. Anduve toda la tarde en la misma diligencia que por la mañana, y saqué de mis pasos el mismo fruto, que fue no hallar a mi compañero; pero después que anocheció y dieron las ocho, me entró mucho miedo pensando que si me quedaba en la calle estaba tan de vuelta que podría ser que me encontrara una ronda o una patrulla y fuera a amanecer a la cárcel.
Por estos temores me resolví a irme al arrastraderito, que se me hacía tan duro como el hospital mismo, pero la necesidad atropella por todo.
Llegué a la maldita zahurda con real y medio (pues antes me cené medio de frijoles en el camino). Entré sin que nadie me reconviniera, y vi que estaba la mesita del juego como cuadro de ánimas, pero de condenados.
Como catorce o dieciséis gentes había allí, y entre todos no se veía una cara blanca ni uno medio vestido. Todos eran lobos y mulatos encuerados, que jugaban sus medios con una barajita que sólo ellos la conocían, según estaba de mugrienta.
Allí se pelaban unos a otros sus pocos trapos, ya empeñándolos, y ya jugándolos al remate, quedándose algunos como sus madres los parieron, sin más que un maxtle, como le llaman, que es un trapo conque cubren sus vergüenzas, y habiendo pícaro de éstos que se enredaba con una frazada en compañía de otro, a quien le llamaban su valedor.