El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Abundaban en aquel infierno abreviado los juramentos, obscenidades y blasfemias. El juego, la concurrencia, la estrechez del lugar y el chinguirito tenían aquello ardiendo en calor, apestando a sudor, y hecho... ya lo comparé bien, un infierno.

Luego que vieron que me arrimé a la mesa a ver jugar, pensando que tenía dinero, me proporcionaron por asiento la esquina de un banco que tenía una estaca salida y se me encajaba por mala parte, dejándome hecho monito de vidrio.

Sin embargo de mi incomodidad, no me levanté, considerando que entre aquella gente era demasiada cortesía. Saqué mediecillo y comencé a jugar como todos.

No tardé mucho en perderlo, y seguí con otro, que corrió la misma suerte en menos minutos; y no quise jugar el tercero por reservarlo para pagar la posada.

Ya me iba a levantar, cuando el coime me conoció y me dijo:

-Usted ¿a quién venía a buscar?

Yo le dije que a don Januario Carpeña (que así se apellidaba mi compañero). Rieron todos alegremente luego que respondí, y viendo que yo me había ciscado con su risa, me dijo el coime:

-¿Acaso usted buscará a Juan Largo el entregador, aquel con quien vino la otra noche?

No lo pude negar; dije que al mismo, y me contestó:


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