El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Suspendí la conversación de mi amigo, según dije, para ir a ver qué me querían. Subí lleno de cólera al ver el tratamiento tan soez que me daba aquel meco, mulato o demonio de gritón (que era un preso destinado al efecto de llamar a los demás), que fue el que me condujo a la misma sala o cuadra donde me asentó el alcaide; pero no me llevó a su mesa,
sino a otra, donde estaba un figurón prietusco y regordete, que por los ojos centelleaba el fuego que abrigaba su corazón.
Luego que llegamos allí, me dijo el picarón:
-Éste es el señor secretario que llama a usted.
El tal secretario entonces volvió la cara, y echándome una mirada infernal, me dijo:
-Espérate ahí.
El gritón se fue y yo me quedé un poco retirado de la mesa, y muy fruncido, esperando que acabara de moler a un pobre indio que tenía delante.
Luego que despachó a éste, me llamó, y haciéndome poner la señal de la cruz, me dijo que si sabía lo que era jurar. Que por ningún caso debía mentir ni quebrantar el juramento, sino decir la verdad en lo que supiera y fuera preguntado, aunque me ahorcaran. ¿Que si juraba hacerlo así? Yo respondí afirmativamente, y él añadió con una gravedad de un varón apostólico:
-Si así lo hicieres, Dios te ayude; y si no, te lo demande.