El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Es verdad que yo, mirando el extremo del Marqués con ella, no dejaba de mosquearme un poco, pero como tenía tanta satisfacción en el amor y buena conducta de mi esposa, no tuve embarazo para comunicarla mis temores, a lo que ella me contestó que los depusiera; lo uno porque me amaba mucho y no sería capaz de ofenderme por todo el oro del mundo, y lo otro, porque el Marqués era el hombre más caballero que había conocido, pues aun cuando salía con mi permiso con él y una criada en su coche, jamás se había tomado la más mínima licencia, sino que siempre la trataba con decoro. Con esta seguridad me tranquilicé, y traté de salir de esta capital a mi destino.
Díjele un día al Marqués cómo todo estaba corriente, y él, que no deseaba otra cosa que verse libre de mí, me dijo que a la tarde vendría para llevarme a casa de su deuda, y yo podría salir a la mañana siguiente.
Mi esposa me suplicó le dejase al mozo Domingo para tener un criado de confianza a quien mandar si se le ofrecía alguna cosa. Yo accedí a su gusto sin demora, y el Marqués no puso embarazo en ello; antes dijo:
-Mejor, se le dará un cuarto abajo a Domingo, y les podrá servir de portero y compañía.
Mientras que el Marqués se fue a comer, compuse el baúl de mi esposa, dejándola mil pesos en oro y plata, por si se le ofreciera algo.