El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Aún no acababa yo de darle las gracias a mi amigo, cuando me gritaron y yo, pensando que era para otra declaración, salí corriendo y vi que no era la llamada sino para ayudar a la limpieza del calabozo en donde me hicieron tantos daños la noche anterior; ésta se reducía a sacar el barril de las inmundicias, vaciarlo en los comunes y limpiarlo.
No sé cómo no volqué las tripas en tal operación. Allí no me valieron ruegos ni promesas; porque el maldito vejancón que lo mandaba, viendo mi resistencia, ya comenzaba a desatarse el látigo que tenía en la cintura; y así yo, por excusarme mayor pesadumbre, quise que no quise, desempeñé aquel asqueroso oficio, concluido el cual me fui otra vez al calabozo de mi buen amigo, que era mi paño de lágrimas.
Luego que lo vi me salieron éstas a los ojos, y le volví a referir mi nuevo castigo. Él no se hartaba de consolarme y procurarme mi alivio de cuantas maneras podía.
Lo primero que hizo fue hacerme acostar en su pobre cama, me dio un pocillo de chocolate, cigarros y después salió a buscar al feroz presidente, de quien consiguió cuanto quiso, pagando por mí los injustos derechos que estos bribones llaman patente[58] y dándole no sé qué otra gratificación, con lo que, gracias a Dios, me dejaron en paz.