El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Al fin quiso Dios echar su luz al mundo, y yo, que fui el primero que la vi, comencé a reconocer mis bienes, que estaban todavía medio mojados, por más que los había exprimido; ya se ve, tal fue el aguacero de orines que sufrieron; pero por último me vestí la camisa y calzoncillos, y trabajo me costó para ponerme los calzones, porque mis amados compañeros, creyendo que los botones eran de plata, no se descuidaron en quitárselos.
A las seis de la mañana vinieron a abrir la puerta, y yo fui el primero que, muerto de hambre y desvelado, me salí para fuera, tanto para quejarme con mi amigo don Antonio, cuanto por esperar al sol que secara mis trapos.
En efecto, el buen don Antonio se condolió de mi mala suerte, y me consoló lo mejor que pudo, prometiéndome que no volvería a pasar otra noche semejante entre aquellos pícaros, pues él le suplicaría al presidente que me dejara en su calabozo.
-¡Ay, amigo! -le dije-, que me parece que se avergonzará usted en vano; porque ese cómitre es muy duro e incapaz de suavizarse con ningunos ruegos del mundo.
-No se aflija usted -me contestó-, porque yo sé la lengua con que se le habla a esta gente, que es con el dinero, y así, con cuatro o seis reales que le demos, verá usted cómo todo se consigue.