El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Finalmente, hartos de reírse y maltratarme, se acostaron, y yo me quedé en cuclillas, junto a la puerta, desnudo y sin poderme acostar, porque mi sarape estaba empapado, y mi camisa también.

¡Válgame Dios! ¡Y qué acongojado no sentí mi espíritu aquella noche al advertirme en una cárcel, enjuiciado por ladrón, pobre, sin ningún valimiento, entre aquella canalla, y sin esperanza de descansar siquiera con dormir, por las razones que he referido! Mas; al fin, como el sueño es valiente, hubo de rendirme, y poco a poco me quedé dormido, aunque con sobresalto, junto a la puerta, y apenas había comenzado a dormir, cuando saltó una rata sobre mí, pero tan grande, que en su peso a mí se me representó gato de tienda; ello es que fue bastante para despertarme, llenarme de temor y quitarme el sueño, pues aún creía que los diablos y los muertos no tenían más qué hacer de noche que andar espantando a los dormidos. Lo cierto del caso fue que ya no pude dormir en toda la noche, acosado del miedo, de la calor, de las chinches que me cercaban en ejércitos, de los desaforados ronquidos de aquellos pícaros y de los malditos efluvios que exhalaban sus groseros cuerpos, juntos con otras cosas que no son para tomadas en boca, pues aquel sótano era sala, recámara, asistencia, cocina, comunes, comedor y todo junto. ¡Cuántas veces no me acordé de las ingratas noches que pasé en el arrastraderito de Januario!


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