El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Estando en esta diligencia, se juntaron cerca de mí unos cuantos cofrades de Birján, y tendiendo una frazadita en el suelo, se sentaron a jugar a la redonda en buena paz y compañía, la que por poco les deshace el presidente si no le hubieran pagado dos o cuatro reales de licencia, que tanto llevaba de pitanza, con nombre de licencia, por cada rueda de juego que se ponía, y tal vez más, según era la cantidad que se jugaba.
Yo me admiraba al ver que en la cárcel se jugaba con más libertad y a menos costo que en la calle, envidiando de paso las buscas de los presidentes, pues a más de las generales, éste de quien hablo tenía otras que no le dejaban poco provecho, porque por tercera persona metía aguardiente y lo vendía como se le antojaba, prestaba sobre prendas con dos reales de logro por peso, y hacía otras diligencias tan lícitas y honestas como las dichas.
Deseaba yo mezclarme con los tahúres a ver si me ingeniaba con alguna de las gracias que me había enseñado Juan Largo; pero no me determiné por entonces, porque era nuevo y veía la clase de gente que jugaba, que cada uno podía darme lecciones en el arte de fullería; y así me contenté con divertirme mirándolos.