El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Me hicieron poner la cruz y me conjuraron cuanto pudieron para que confesara la verdad, so cargo del juramento que había prestado.

Yo en nada menos pensaba que en confesar ni una palabra que me perjudicara, pues ya había oído decir a los léperos, que en estos casos primero es ser mártir que confesor; pero, sin embargo, yo juré decir verdad, porque decir que sí no me perjudicaba.

Comenzaron a preguntarme mucho de lo que ya se me había preguntado en la declaración preparatoria, y yo repetí las mismas mentiras a muchas de las mismas preguntas que sospechaba no me eran favorables, y así negué mi nombre, mi patria, mi estado, etc., añadiendo, acerca del oficio, que era labrador en mi tierra; confesé, porque no lo podía negar, que era verdad que Januario era mi amigo, y que el sarape y rosario eran suyos; pero no dije cómo habían venido a mi poder, sino que me los había empeñado.

A seguida se me hicieron varios cargos, pero nada valió para que yo declarara lo que se quería, y en vista de mi resistencia se concluyó aquella formalidad, haciéndome firmar la declaración y despachándome al patio.

Yo obedecí prontamente, como que deseaba quitarme de su presencia. Bajéme a mi calabozo, y no hallando en él a don Antonio, salí al patio a tomar el sol.


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