El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Conque vea usted, amigo don Antonio, si podré yo excusarme de agradecer a usted los favores que me ha dispensado.

-Yo jamás hablo contra lo que me dicta la razón -me respondió-; conozco que es preciso y justo agradecer un beneficio; yo así lo hago, y aun lo publico, pues, a más no poder, es una media paga el publicar el bien recibido, ya que no se pueda compensar de otra manera; pero con todo eso, desearía que no lo hicieran conmigo, porque no apetezco la recompensa de tal cual beneficio que hago del que lo recibe, sino de Dios y del testimonio de mi conciencia; porque yo también he leído en el autor que usted me citó, que el que hace un beneficio no debe acordarse de que lo hizo.

Conque así, dejando esta materia, lo que importa es que usted no desmaye en los trabajos, ni se abata cuando yo le falte, pues le queda la Providencia, que acudirá a sostenerlo en ese caso, así como lo hace ahora por mi medio, pues yo no soy más que un instrumento de quien a la presente se vale.

En estas amistosas conversaciones nos quedamos dormidos, y a otro día, sin esperarlo yo, me llamaron para arriba. Subí sobresaltado, ignorando para qué me necesitaban; pero pronto salí de la duda, haciéndome entender el escribano que me iba a tomar la confesión con cargos.


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