El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -¡Oh, señor! –le dije–, si todos hicieran lo que deben, el mundo sería feliz, pero hay pocos que cumplan con sus deberes, y esta escasez de justos hace demasiado apreciables a los que lo son, y usted no lo dejará de ser para mí en cuanto me dure la vida. Apetecería que mi suerte fuera otra, para que mi gratitud no se quedara en palabras, pues si, según usted, el que hace lo que debe no merece elogios, el que se manifiesta agradecido a un favor que recibe, hace lo que debe justamente; porque, ¿quién será aquel indigno que recibiendo un favor, como yo, no lo confiese, publique y agradezca, a pesar de la modestia de su benefactor? Mi padre, señor, era muy honrado y dado a los libros, y yo me acuerdo haberle oído decir, que el que inventó las prisiones fue el que hizo los primeros beneficios; ya se ve que esto se entiende respecto de los hombres agradecidos; pero ¿quién será el infame que recibiendo un beneficio no lo agradezca? En efecto, el ingrato es más terrible que las fieras. Usted ha visto la gratitud de los perros, y se acordará de aquel león a quien habiéndole sacado un caminante una espina que tenía clavada en la mano, siendo éste después preso y sentenciado a ser víctima de las fieras en el circo de Roma, por suerte, o para lección de los ingratos, le tocó que saliese a devorarlo aquel mismo león a quien había curado de la mano, y éste, con admiración de los espectadores, luego que por el olfato conoció a su benefactor, en vez de arremeterle y despedazarlo como era natural, se le acerca,[62] lo lame, y con la cola, boca y cuerpo todo, lo agasaja y halaga, respetando a su favorecedor. ¿Quién, pues, será el hombre que no sea reconocido? Con razón las antiguas leyes no prescribieron pena a los ingratos, pensando el legislador que no podía darse tal crimen; y con igual razón dijo Ausonio que no producía la Naturaleza cosa peor que un ingrato.