El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –Con las manos –decía mi gran amigo–, y si no quieres hacerlo tú yo lo haré, que sé muy bien quién presta, y quien no, en nuestra casa. Lo que te puede detener es lo que responderás a don Antonio cuando venga por ellas, ¿no es eso? Pues mira, la respuesta es facilísima, natural y que debe pasar a la fuerza, y es decir que te robaron. No pienses que don Antonio lo ha de dudar, porque a él mismo lo hemos robado yo y otros no tan asimplados como tú; y así es preciso que él se acuerde y diga: “Si a mí que era dueño de lo mío me robaban, ¿cómo no han de robar a este tonto, nuevo y que no ha de cuidar lo mío tanto como yo propio?” Fuera de que, aun cuando no discurriera de este modo, sino que pensara que era trácala tuya, ¿qué te había de hacer? Ya estás en la cárcel, hijo, ni más adentro, ni más afuera. Pero no tengas cuidado de que lo sepa, aunque vendas hasta los bancos públicamente, pues aquí todos nos tapamos con una frazada, y no te descubriéramos si el diablo nos llevara.
-Yo creo cuanto me dices le contesté-, pero mira: ese sujeto es un buen hombre; ha hecho confianza de mí, se ha dado por mi amigo y lo ha manifestado llenándome de favores.
¿Cómo, pues, es posible que yo proceda con él de esa manera?