El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I crimen alegando sus excepciones y suplicando de la sentencia mientras califica su nobleza.
Pero eso pronto, amigo, porque en la tardanza está el peligro.
Diciendo esto se levantó para irse, y yo le di las gracias más expresivas.
Tratando de poner en obra su consejo, registré mi bolsa para ver con cuánto contaba para papel, la presentación del escrito y la carta a mi tío el licenciado Maceta; pero ¡ay de mí!,
¡cuál fue mi conflicto cuando vi que apenas tenía tres y medio reales, faltándome cinco apretadamente! En circunstancias tan apuradas fui a ver a mi buen payo; le conté mis trabajos y le pedí un socorro por toda la corte celestial. El pobrecillo se condolió de mí, y con la mayor generosidad me dio cuatro reales y me dijo:
-Siento, señor, su cuidado; no tengo más que esto, téngalo, que ya un real cualquier compañero se lo emprestará o se lo dará de caridá.
Tomé mis cuatro reales y casi llorando le di las gracias; pero no pude encontrar otro corazón tan sensible como el suyo entre cerca de trescientos presos que habitaban aquellos recintos.
Compré, pues, el papel sellado, y medio real del común para la carta, reservando tres reales y faltándome aún real y medio para completar la presentación y pagar al mandadero.