El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Estaba una mañana Luisa en el balcón y yo escribiendo en la sala. Antojóseme chupar un cigarro y fui a encenderlo a la cocina. Por desgracia estaba soplando la lumbre una muchacha de no malos bigotes, llamada Lorenza, que era sobrina de nana Clara y la iba a visitar de cuando en cuando por interés de los percances que le daba la buena vieja, la que a la sazón no estaba en casa, porque había ido a la plaza a comprar cebollas y otras menestras para guisar. Me hallé, pues, solo con la muchacha, y como era de corazón alegre, comenzamos a chacotear familiarmente. En este rato me echó menos Luisa; fue a buscarme, y hallándome enajenado, se enceló furiosamente y me reconvino con bastante aspereza, pues me dijo:
-Muy bien, señor Perico. En eso se le va a usted el tiempo, en retozar con esa grandísima tal...
-No, eso de tal -dijo Lorenza toda encolerizada-, eso de tal lo será ella y su madre y toda su casta.
Y sin más cumplimientos, se arremetieron y afianzaron de las trenzas, dándose muchos araños y diciéndose primores; pero esto con tal escándalo y alharaca, que se podía haber oído el pleito y sabido el motivo a dos leguas en contorno de la casa. Hacía yo cuanto
estaba de mi parte por desapartarlas; mas era imposible, según estaban empeñadas en no soltarse.