El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -Maestrito, por Dios, ¿hasta cuándo acaba usted de descarnar?
-No tenga usted cuidado, señora -le decía yo-; haga una poca de paciencia, ya le falta poco de la quijada.
En fin, así que le corté tanta carne cuanta bastó para que almorzara el gato de casa; le afiancé el hueso con el respectivo instrumento, y le di un estirón tan fuerte y mal dado, que le quebré la muela, lastimándole terriblemente la quijada.
-¡Ay, Jesús! -exclamó la triste vieja-. Ya me arrancó usted las quijadas, maestro del diablo.
-No hable usted, señora -le dije-, que se le meterá el aire y le corromperá la mandíbula.
-¡Qué malibula ni qué demonios! -decía la pobre-. ¡Ay, Jesús!, ¡ay!, ¡ay!, ¡ay!
-Ya está, señora -decía yo-; abra usted la boca, acabaremos de sacar el raigón, ¿no ve que es muela matriculada?
-Matriculado esté usted en el infierno, chambón, indigno, condenado -decía la pobre.
Yo, sin hacer caso de sus injurias, le decía:
-Ande, nanita, siéntese y abra la boca, acabaremos de sacar ese hueso maldito; vea usted que un dolor quita muchos. Ande usted, aunque no me pague.