El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -Vaya usted mucho noramala -dijo la anciana-; y sáquele otra muela o cuantas tenga a la grandísima borracha que lo parió. No tienen la culpa estos raspadores cochinos, sino quien se pone en sus manos.
Prosiguiendo en estos elogios se salió para la calle, sin querer ni volver a ver el lugar del sacrificio.
Yo algo me compadecí de su dolor, y el muchacho no dejó de reprenderme mi determinación atolondrada, porque cada rato decía:
-¡Pobre señora! ¡Qué dolor tendría! Y lo peor que si se lo dice al maestro ¿qué dirá?
-Diga lo que dijere -le respondí-, yo lo hago por ayudarle a buscar el pan; fuera de que así se aprende, haciendo pruebas y ensayándose.
A la maestra le dije que habían sido monadas de la vieja, que tenía la muela matriculada y no se la pude arrancar al primer tirón, cosa que al mejor le sucede.
Con esto se dieron todos por satisfechos, y yo seguí haciendo mis diabluras, las que me pagaban o con dinero o con desvergüenzas.