El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Cuatro meses y medio permanecí con don Agustín, y fue mucho, según lo variable de mi genio. Es verdad que en esta dilación tuvo parte el miedo que tenía a Chanfaina, y el no encontrar mejor asilo, pues en aquella casa comía, bebía y era tratado con una estimación respetuosa de parte del maestro. De suerte que yo ni hacía mandados ni cosa más útil que estar cuidando la barbería y haciendo mis fechorías cada vez que tenía proporción; porque yo era un aprendiz de honor, y tan consentido y hobachón que, aunque sin camisa, no me faltaba quien envidiara mi fortuna. Éste era Andrés, el aprendiz, quien un día que estábamos los dos conversando en espera de marchante que quisiera ensayarse a mártir, me dijo:
-Señor, ¡quién fuera como usted!
-¿Por qué, Andrés? -le pregunté.
-Porque ya usted es hombre grande, dueño de su voluntad y no tiene quien le mande; y no yo que tengo tantos que me regañen, y no sé lo que es tener medio en la bolsa.
-Pero así que acabes de aprender el oficio -le dije-, tendrás dinero y serás dueño de tu voluntad.
-¡Qué verde está eso! -decía Andrés-. Ya llevo aquí dos años de aprendiz y no sé nada.
-¿Cómo nada, hombre? -le pregunté muy admirado.