El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -Así, nada -me contestó-. Ahora que está usted en casa he aprendido algo.
-¿Y qué has aprendido? -le pregunté.
-He aprendido -respondió el gran bellaco- a afeitar perros, desollar indios y desquijarar viejas, que no es poco. Dios se lo pague a usted que me lo ha enseñado.
-¿Pues y qué, tu maestro no te ha enseñado nada en dos años?
-¿Qué me ha de enseñar! -decía Andrés-. Todo el día se me va en hacer mandados aquí y en casa de doña Tulitas, la hija de mi maestro; y allí pior, porque me hacen cargar el niño, lavar los pañales, ir a la peluquería, fregar toditos los trastes y aguantar cuantas calillas quieren, y con esto, ¿qué he de aprender del oficio? Apenas sé llevar la bacía y el escalfador cuando me lleva consigo mi amo, digo, mi maestro; me turbé. A fe que don Plácido, el hojalatero que vive junto a la casa de mi madre grande, ése sí que es maestro de cajeta, porque afuera de que no es muy demasiado regañón, ni les pega a sus aprendices, los enseña con mucho cariño, y les da sus medios muy buenos así que hacen alguna cosa en su lugar; pero eso de mandados ¡cuándo, ni por un pienso! Sobre que apenas los envía a traer medio de cigarros, contimás manteca, ni chiles, ni pulque, ni carbón, ni nada como acá.
Con esto, orita orita aprenden los muchachos el oficio.