El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -Tú hablas mal -le dije-, pero dices bien. No deben ser los maestros amos sino enseñadores de los muchachos; ni éstos deben ser criados o pilguanejos de ellos, sino legítimos aprendices; aunque así por la enseñanza como por los alimentos que les dan, pueden mandarlos y servirse de ellos en aquellas horas en que estén fuera de la oficina y en aquellas cosas proporcionadas a las fuerzas, educación y principios de cada uno. Así lo oía yo decir varias veces a mi difunto padre, que en paz descanse. Pero dime: ¿qué, estás aquí con escritura?
-Sí, señor -me respondió Andrés-, y ya cuento dos años de aprendizaje, y vamos corriendo para tres, y no se da modo ni manera el maestro de enseñarme nada.
-Pues entonces -le dije-, si la escritura es por cuatro años, ¿cómo aprenderás en el último, si se pasa como se han pasado los tres que llevas ?
-Eso mesmo digo yo -decía Andrés-. Me sucederá lo que le sucedió a mi hermano Policarpo con el maestro Marianito el sastre.
-Pues, ¿qué le sucedió?