El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Todos me miraban con la mayor atención, no por lo trapiento, que otros había allí peores que yo, sino por el ridículo, pues estaba descalzo enteramente; calzones blancos no los conocía; los de encima eran negros de terna, parchados y agujereados; mi camisa, después de rota, estaba casi negra de mugre; mi chupa era de angaripola rota y con tamaños florones colorados; el sombrero se quedó en casa, y después de tantas guapezas, tenía la cara algo extravagante, pues la tenía ampollada y los ojos medio escondidos dentro de las vejigas que me hizo el agua hirviendo.
No era mucho que todos notaran tan extraña figura; mas a mí no se me dio nada de su atención, y hubiera sufrido algún vejamen a trueque de no quedarme en la calle.
Dieron las nueve; acabaron de jugar y se fueron saliendo todos, menos yo que luego luego me comedí a apagar las velas, lo que no le disgustó al coime, quien me dijo:
-Amiguito, Dios se lo pague; pero ya es tarde y voy a cerrar, váyase usted.
-Señor -le dije-, no tengo dónde quedarme, hágame usted el favor de que pase la noche aquí en un banco, le daré un real que tengo, y si más tuviera más le diera.