El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Luego que tuve juntos ocho pesos, compré medias, zapatos, chaleco, chupa y pañuelo; todo del baratillo, pero servible. Lo traje a la casa ocultamente, y a otro día que fue domingo, me puse hecho un veinticuatro.

No me conocía el amo, y alegrándose de mi metamorfosis, decía el oficial:

-Vea usted, se conoce que este pobre muchacho es hijo de buenos padres y que no se crió de mozo de botica. Así se hace, hijo, manifestar uno siempre sus buenos principios, aunque sea pobre, y una de las cosas en que se conoce al hombre que los ha tenido buenos, es que no le gusta andar roto ni sucio. ¿Sabes escribir?

-Sí, señor -le respondí.

-A ver tu letra -dijo-; escribe aquí.

Yo, por pedantear un poco y confirmar al amo en el buen concepto que había formado de mí, escribí lo siguiente:

Qui scribere nesciunt nullum putant esse laborem.

Tres digiti scribunt, coetera membra dolent.

-¡Hola! -dijo mi amo todo admirado-; escribe bien el muchacho y en latín. ¿Pues qué entiendes tú lo que has escrito?

-Sí, señor -le dije-; eso dice que los que no saben escribir piensan que no es trabajo; pero que mientras tres dedos escriben, se incomoda todo el cuerpo.

-Muy bien -dijo el amo-; según eso, sabrás qué significa el rótulo de esa redoma. Dímelo.


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