El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I En efecto, yo me pasaba una vida famosa y tal cual la puede apetecer un flojo. Mi obligación era mandar por la mañana al mozo que barriera la botica, llenar las redomas de las aguas que faltaran y tener cuidado de que hubiera provisión de éstas, destiladas o por infusión; pero de esto no se me daba un pito, porque el pozo me sacaba del cuidado, de suerte que yo decía: En distinguiéndose los letreros, aunque el agua sea la misma, poco importa, ¿quién lo ha de echar de ver? El médico que las receta quizá no las conoce sino por el nombre; y el enfermo que las toma las conoce menos y casi siempre tiene perdido el sabor, conque esta droga va segura. A más de que ¡quién quita que o por la ignorancia del médico o por la mala calidad de las hierbas, sea nociva una bebida más que si fuera con agua natural! Conque poco importa que todas las bebidas se hagan con ésta; antes el refrán nos dice: que al que es de vida el agua le es medicina.
No dejaba de hacer lo mismo con los aceites, especialmente cuando eran de un color así como los jarabes. Ello es que el quid pro quo, o despachar una cosa por otra juzgándola igual o equivalente, tenía mucho lugar en mi conciencia y en mi práctica.
Éstos eran mis muchos quehaceres y confeccionar ungüentos, polvos y demás drogas según las órdenes de don José, quien me quería mucho por mi eficacia.