El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Ninguno diga quién es, que sus obras lo dirán. Este proloquio es tan antiguo como cierto; todo el mundo está convencido de su infalibilidad; y así, ¿qué tengo yo que ponderar mis malos procederes cuando con referirlos se ponderan? Lo que apeteciera, hijos míos, sería que no leyérais mi vida como quien lee una novela, sino que parárais la consideración más allá de la cáscara de los hechos, advirtiendo los tristes resultados de la holgazanería inutilidad, inconstancia y demás vicios que me afectaron; haciendo análisis de los extraviados sucesos de mi vida, indagando sus causas, temiendo sus consecuencias y desechando los errores vulgares que veis adoptados por mí y por otros, empapándoos en las sólidas máximas de la sana y cristiana moral que os presentan a la vista mis reflexiones, y, en una palabra, desearía que penetrárais en todas sus partes la sustancia de la obra; que os divirtiérais con lo ridículo, que conociérais el error y el abuso para no imitar el uno ni abrazar el otro, y que donde hallárais algún hecho virtuoso os enamorárais de su dulce fuerza y procurárais imitarlo. Esto es deciros, hijos míos, que deseara que de la lectura de mi vida sacárais tres frutos, dos principales y uno accesorio. Amor a la virtud, aborrecimiento al vicio y diversión. Éste es mi deseo, y por esto, más que por otra cosa, me tomo la molestia de escribiros mis más escondidos crímenes y defectos; si no lo consiguiere, moriré al menos con el consuelo de que mis intenciones son laudables. Basta de digresiones que está el papel caro.