El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Quedamos en que fui a ver al doctor Purgante, y en efecto, lo hallé una tarde después de siesta en su estudio, sentado en una silla poltrona con un libro delante y la caja de polvos a un lado. Era este sujeto alto, flaco de cara y piernas, y abultado de panza, trigueño y muy cejudo, ojos verdes, nariz de caballete, boca grande y despoblada de dientes, calvo, por cuya razón usaba en la calle peluquín con bucles. Su vestido, cuando lo fui a ver, era una bata hasta los pies, de aquellas que llaman de quimones, llena de flores y ramaje, y un gran birrete muy tieso de almidón y relumbroso de la plancha.
Luego que entré me conoció y me dijo:
-¡Oh, Periquillo, hijo! ¡Por qué extraños horizontes has venido a visitar este tugurio?
No me hizo fuerza su estilo, porque ya sabía yo que era muy pedante, y así le iba a relatar mi aventura con intención de mentir en lo que me pareciera; pero el doctor me interrumpió diciéndome: