El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -¿Cómo ha de alcanzar, señor? ¿Pues y quién carga el baúl y el colchón de aquí a Tepeji o a Tula? ¿Qué comemos en el camino? ¿Y por fin, con qué nos mantenemos allí mientras que tomamos crédito? Ese dinero orita, orita se acaba, y yo no veo que usted tenga ni ropa ni alhajas, ni cosa que lo valga, que empeñar.
No dejaron de ponerme en cuidado las reflexiones de Andrés; pero ya para no acobardarlo más, y ya porque me iba mucho en salir de México, pues yo tenía bien tragado que el médico me andaría buscando como a una aguja (por señas que cuando fui al baratillo, en un zaguán compré la mayor parte de los tiliches que dije) y temía que si me hallaba iba yo a dar a la cárcel, y de consiguiente a poder de Chanfaina. Por esto, con todo disimulo y pedantería, le dije a Andrés:
-No te apures, hijo Deus providebit.
-No sé lo que usted me dice -contestó Andrés-; lo que sé es que con ese dinero no hay ni para empezar.
En estas pláticas estábamos, cuando a cosa de las siete de la noche, en el cuarto inmediato, oí ruido de voces y pesos. Mandé a Andrés que fuera a espiar qué cosa era. Él fue corriendo, y volvió muy contento, diciéndome:
-Señor, señor, ¡qué bueno está el juego!
-¿Pues qué, están jugando?