El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -Sí, señor -dijo, están en el cuarto diez o doce payos jugando albures, pero ponen los chorizos de pesos.
Picóme la culebra, abrí el baúl, cogí seis pesos de los diez que tenía, y le di la llave a Andrés, diciéndole que la guardara, y que aunque se la pidiera y me matara, no me la diera, pues iba a arriesgar aquellos seis pesos solamente, y si se perdían los cuatro que quedaban, no teníamos ni con qué comer, ni con qué pagar el pesebre de la mula a otro día. Andrés, un poco triste y desconfiado, tomó la llave, y yo me fui a entrometer en la rueda de los tahúres.
No eran éstos tan payos como yo los había menester; estaban más que medianamente instruidos en el arte de la baraja, y así fue preciso irme con tiento. Sin embargo, tuve la fortuna de ganarles cosa de veinticinco pesos, con los que me salí muy contento, y hallé a Andrés durmiéndose sentado.
Lo desperté y le mostré la ganancia, la que guardó muy placentero, contándome cómo ya tenía el viaje dispuesto y todo corriente; porque abajo estaban unos mozos de Tula que habían traído un colegial y se iban de vacío; que con ellos había propalado el viaje, y aun se había determinado a ajustarlo en cuatro pesos, y que sólo esperaban los mozos que yo confirmara el ajuste.
-¿Pues no lo he de confirmar, hijo? -le dije a Andrés-. Anda y llama a esos mozos ahora mismo.