El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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-Yo no lo sé -dijo Andrés-, a no ser que sea porque los alcabaleros, cuando quieren, son más ricos que nadie de los pueblos, porque ellos manejan los caudales del Rey y las cuentas las hacen como quieren. ¿No ve usted que la alcabala que llaman del viento, proporciona una cuenta inaveriguable? Suponga usted del real o dos que cobran por cada una de las cabezas que se matan en el pueblo, ya sea de toros o vacas, ya de carneros o cerdos, ¿quién les va a hacer cuenta de esto? Suponga usted las introducciones de cosas que no traen guías, sino un simple pase por razón de su poco importe, como también los contrabanditos que se ofrecen, en los que se entra en composición con el arriero, y por último, aquellos picos de los granos que en un alcabalatorio suben mucho al fin del año, pues si un real tiene doce granos y el arriero debe por la factura siete granos, se le cobra un real, y si entran mil arrieros se les cobran mil reales. Esto me contaba mi tío que fue alcabalero muchos años, y decía que las alcabalas del viento valían más que los ajustes.

En esto llegamos a la posada. Andrés y yo cenamos muy contentos, gratificando a los dueños de la casa, y nos acostamos a dormir.

Continuamos en bonanza como un mes, y en este tiempo proporcionó el subdelegado la sesión que quería el cura que tuviera yo con él; pero si queréis saber cuál fue, leed el capítulo que sigue.


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