El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Con esto se despidió del barbero para ir a hacer la misma diligencia conmigo, pues me dijo todo lo que había pasado y su resolución de aprender bien el oficio.

-Porque al cabo, señor -decía-, yo conozco que soy un bruto; este otro es maestro de veras, y así o la gente me quita de barbero no ocupándome, o me quita él pidiéndome la carta de examen, y de cualquier manera yo me quedo sin crédito, sin oficio y sin qué comer; así he pensado irme con él, a bien que ya su merced tiene mozo.

Algo extrañaba yo a Andrés, pero no quise quitarle de la cabeza su buen propósito; y así, pagándole su salario y gratificándole con seis pesos lo dejé ir.

En esos días me llamaron de casa de un viejo reumático, a quien le di, según mi sistema, seis o siete purgas, le estafé veinticinco pesos, y lo dejé peor de lo que estaba.

Lo mismo hice con otra vieja hidrópica, a la que abrevié sus días con seis onzas de ruibarbo y maná, y dos libras de cebolla albarrana.

De estas gracias hacía muy a menudo, pero el vulgo ciego había dado en que yo era buen médico, y por más gritos que les daban las campanas, no despertaban de su adormecimiento.

Llegó por fin el día aplazado por el subdelegado para oírme disputar con el cura, y fue el 25


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