El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I de agosto, pues con ocasión de haber ido yo a darle los días por ser el de su santo, me detuvo a comer con mil instancias, las que no pude desairar.
Bien advertí que toda la corte estaba en su casa, sin faltar el padre cura; pero no me di por entendido de que sabía lo que hablaba de mí; satisfecho en que, por mucho que él supiera, no había de tener de medicina las noticias que yo.
Con este necio orgullo me senté a la mesa luego que fue hora, y comí y brindé a la salud del caballero subdelegado en compañía de aquellos señores repetidas veces, haciendo reír a todos con mis pedanterías, menos al cura, que se tostaba de estas cosas.
El subdelegado estaba bienquisto; con esto la mesa estaba llena de los principales sujetos del pueblo con sus señoras. La prevención era franca, los platos muchos y bien sazonados.
Se menudeaban los brindis y los vivas; los vasos no estaban muy seguros por los frecuentes coscorrones que llevaban con los tenedores y cuchillos, y las cabezas se iban llenando del tufo de las uvas.
A este tiempo fue entrando el gobernador de indios con sus oficiales de república, prevenidos de tambor, chirimías, y de dos indios cargados con gallinas, cerdos y dos carneritos.