El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I “Muy bien sé que la medicina es un arte muy difícil; sé que el aprenderla es muy largo; que la vida del hombre aun no basta; que sus juicios son muy falibles y dificultosos; que sus experimentos se ejercitan en la respetable vida de un hombre; que no basta que el médico haga lo que está de su parte, si no ayudan las circunstancias, los asistentes y el enfermo mismo en cuanto les toca; sé que esto no lo digo yo, sino el príncipe de la medicina, aquel sabio de la isla de Có, aquel griego Hipócrates, aquel hombre grande y sensible cuya memoria no perecerá hasta que no haya hombres sobre la tierra, aquel filántropo que vivió cerca de cien años y casi todos ellos los empleó en asistir a los míseros mortales; en indagar los vicios de la naturaleza enferma; en solicitar las causas de las enfermedades y la eficacia y elección de los remedios, y en aplicar su especulación y su práctica al objeto que se propuso, que fue procurar el alivio de sus semejantes. Sé todo esto, y sé que antes de él, los míseros pacientes, destituidos de todo auxilio, se exponían a las puertas del templo de Diana, en Efeso, y allí iban todos, los veían, se compadecían de ellos y les mandaban lo que se les ponía en la cabeza. Sé que los remedios que probaban para tal o cual enfermedad se escribían en unas tablas que se llamaban de las medicinas; sé que el citado Hipócrates, después de haber cursado las escuelas de Atenas treinta y cinco años, desde la edad de catorce, y después de haber aprendido lo que sus médicos enseñaban, no se contentó, sino que anduvo peregrinando de reino en reino, de provincia en provincia, de ciudad en ciudad, hasta que encontró estas tablas, y con ellas y con sus repetidas observaciones hizo sus célebres aforismos; sé que después de estos descubrimientos se hizo la medicina un estudio de interés y de venalidad, y no como antes que se hacía por amistad del género humano.