El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Fui entrando tan tonto como sinvergüenza. Es de advertir que por obra de Dios iba en mi mula; pues, no en la mía, sino en la del doctor Purgante; pero ello es que apenas me vieron los dolientes, cuando comenzando por un murmullo de voces, se levantó contra mí tan furioso torbellino de gritos, llamándome ladrón y matador, que ya no me la podía acabar; y más cuando el pueblo todo, que allí estaba junto, rompiendo los diques de la moderación, y dejándose de lágrimas y vituperios, comenzó a levantar piedras y a disparármelas infinitamente y con gran tino y vocería, diciéndome en su lengua: Maldito seas, médico del diablo, que llevas trazas de acabar con todo el pueblo.
Yo entonces apreté los talones a la macha y corrí lo mejor que pude, armado de peluca y de golilla, que nunca me faltaba, por hacerme respetable en todas ocasiones.
Los malvados indios no se olvidaron de mi casa, a la que no le valió el sagrado de estar junto a la del cura, pues después de que aporrearon a la cocinera y a mi mozo, tratándolos de solapadores de mis asesinatos, la maltrataron toda, haciendo pedazos mis pocos muebles, y tirando mis libros y mis botes por el balcón.
El alboroto del pueblo fue tan grande y temible, que el subdelegado se fue a refugiar a las casas curales, desde donde veía la frasca con el cura en el balcón, y el párroco le decía: