El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Apenas decía yo que me dolía la cabeza cuando todos se volvían médicos y cada uno me ordenaba mil remedios; si ganaba en el juego, no lo atribuían a casualidad, sino a mi mucho saber; si daba algún banquetito, me ensalzaban por más liberal que Alejandro; si bebía más de lo regular y me embriagaba, decían que era alegría natural; si hablaba cuarenta despropósitos sin parar, me atendían como a un oráculo, y todos me celebraban por un talento raro de aquellos que el mundo admira de siglo en siglo. En una palabra, cuanto hacía, cuanto decía, cuanto compraba, cuanto había en mi casa, hasta una perrita roñosa y una cotorra insulsa y gritadora, capaz de incomodar con su can, can, al mismo Job, era para mis caros amigos (¡y qué caros!) objeto de su admiración y sus elogios.
Pero ¿qué más, si Luisa misma se reía conmigo a solas de verse adular tan excesivamente?
Y a la verdad tenía razón, pues el almonedero que me puso la casa se hizo mi amigo, con ocasión de ir a ella muy seguido a venderme una porción de muebles que le compré, y este mismo, luego que vio el trato que yo daba a Luisa, olvidándose de que él propio la había llevado a mi casa de cocinera, la cortejaba, le hacía plato en la mesa y con la mayor seriedad le daba repetidamente el tratamiento de señorita.