El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -También lo es -le respondí-, y muy conocido en México.
-Pues andar -decía Roque-, ya salimos de este paso. Vístete lo mejor que puedas, toma un coche y yo te llevaré a un cajón y a una platería, a cuyos dueños conozco; preguntas por los géneros que quieras, pides cuanto has menester, los ajustas y los haces cortar, y ya que estén cortados, dices al cajonero que esperas dinero de tu hacienda dentro de quince o veinte días, pero que estando para casarte muy pronto y necesitando aquella ropa para arras o donas para tu esposa, le estimarás el favor de que te los supla, dejándole para su seguridad una obligación firmada de tu mano. El comerciante se ha de resistir con buenas razones, pretextando mil embarazos para fiarte porque no te conoce. Entonces le preguntas tú que si conoce al licenciado Maceta y que si sabe que es hombre abonado. El te responderá que sí; y a seguida se lo propones de fiador. El mercader, deseoso de salir de sus efectos y viéndose asegurado, admitirá sin duda alguna. Lo propio haces con el platero, y cátate ahí vencida esta gravísima dificultad.
-No me parece mal el proyecto -le dije a Roque-, pero si el tío no quiere fiarme ¿qué hacemos? En ese caso quedo más abochornado.
-¿Cómo no ha de querer fiarte -dijo Roque-, cuando te tiene por rico, te visita tan seguido y te quiere tanto?