El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -¿Y que hayas tenido la paciencia de encubrirme esos trampantojos que te acobardan sabiendo que soy tu criado, tu condiscípulo y tu amigo, y teniendo experiencia de que siempre te he servido con fidelidad y cariño? ¡Vamos, no lo creyera yo de ti! Pero dejemos sentimientos y anímate, que fácilmente vas a salir de tus aprietos. Por lo que toca a las donas, supongo que las querrás hacer muy buenas, ¿no es así?
-Así es, en efecto -le dije-, ya ves que he gastado mucho, y que el juego días hace que no me ayuda. Apenas tendré en el baúl trescientos pesos, con los que escasamente habrá para la función del casamiento. Si me pongo a gastarlos en las donas, no tengo ni con qué amanecer el día de la boda; si los reservo para ésta, no puedo darle nada a mi mujer, lo que sería un bochorno terrible, pues hasta el más infeliz procura darle alguna cosita a su novia el día que se casa. Conque ya ves que ésta no es tranca fácil de brincar.
-Sí lo es -me dijo Roque muy sereno-; ¿hay más que solicitar los géneros fiados por un mercader, y un aderecito regular por un dueño de platería?
-¿Pero quién me ha de fiar a mí esa cantidad cuando yo no me he dado a conocer en el comercio?
-¡Qué tonto eres, Pedrito, y cómo te ahogas en poca agua! Dime, ¿no es tu tío el licenciado Maceta?
-Sí, lo es.
-¿Y no es hombre de principal conocido?