El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Muy contento llegué a casa con mis cuatro pesos, a hora en que la ignorantísima partera le había arrancado el feto con las uñas y con otro instrumento infernal,[79] rasgándole de camino las entrañas y causándole un flujo de sangre tan copioso, que no bastando a contenerlo la pericia de un buen cirujano, le quitó la vida al segundo día del sacrificio, habiéndosele ministrado los socorros espirituales.
¡Oh, muerte, y qué misterios nos revela tu fatal advenimiento! Luego que yo vi a la infeliz Mariana tendida exánime en su cama atormentadora, pues se reducía a unos pocos trapos y un petate, y escuché las tiernas lágrimas de su madre, despertó mi sensibilidad, pues a cada instante le decía: ¡Ay, hija desdichada! ¡Ay, dulce trozo de mi corazón! ¿Quién te había de decir que habías de morir en tal miseria, por haberte casado con un hombre que no te merecía, y que te trató no como un esposo, sino como un verdugo y un tirano?
A éstas añadía otras expresiones más duras y sensibles que despedazaban mi corazón, de modo que no pude contener mis sentimientos.