El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I De este modo me insultó cada uno lo mejor que pudo, y yo no tuve más oportuna respuesta que marcharme, como suelen decir, con la cola entre las piernas, reflexionando que cuanto me habían dicho era cierto, y era fuerza que yo recogiera el fruto de mi vanidad y mis locuras.
Como el hambre me apuraba, traté de ir a pedir algún socorro a los amigos que me habían comido medio lado y se habían divertido a mi costa.
No me fue difícil hallarlos, pero ¡cuál fue mi cólera y mi congoja cuando, después de avergonzarme con todos presentándome a su vista en un estado tan indecente, después de referirles mis miserias y provocar su piedad con aquella energía que sabe usar la indigencia en tales ocasiones, sólo escuché desprecios, sátiras y burletas!
Unos me decían:
-Usted tiene la culpa de verse en ese estado; si no hubiera sido calavera, hoy tendría qué comer.
Otros:
-Amigo, yo apenas alcanzo para mantener a mi familia; todavía está usted mozo y robusto, siente plaza en un regimiento, que el rey es padre de pobres.
Otros, fingiendo una grande admiración me decían:
-¡Válgame Dios! ¿Y cómo se le arrancó a usted tan pronto?
Yo lo decía, y ellos replicaban: