El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -Aquellos gastos y vanidades de usted no podían tener otro fin.
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-Vaya usted con esas quejas a los ricos, que a ellos se les debe pedir limosna y no a los pobres como yo.
Así me iban todos despidiendo, y los más piadosos me hacían creer que se compadecían de mi desgracia, pero que no la podían remediar.
De esta suerte, triste, despechado y hambriento, salí de todas partes, sin que hubiera habido uno de tantos que se lisonjeaban de llamarse mis amigos que me hubiera dado siquiera un pocillo de chocolate.
A mí ya no me cogían muy de nuevo estas ingratitudes; pero no me había aprovechado de sus lecciones. Pensaba que todos los que se dicen amigos en el mundo lo eran de las personas y no de sus intereses; mas entonces y después he visto que hay muchos amigos, pero muy pocas amistades.