El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Cuando se satisfizo de ambas cosas, partió sobre mí como un rayo desprendido de la nube, y sin decir más palabras que éstas, “Pícaro, así se fuerza a una mujer honrada”, me clavó un puñal por entre las costillas con tal furia que la cacha no entró porque no cupo.
-¡Jesús me valga! -dije yo al tiempo de caer al suelo revolcándome en mi sangre.
Mi caída fue de espaldas, y el irritado marido, queriendo concluir la obra comenzada, alzó el brazo armado apuntándome la segunda puñalada al corazón. Entonces yo, lleno de miedo, le dije:
-Por María Santísima, que me deje usted confesar, y aunque me mate después.
Esta voz, o el patrocinio de esta Señora, mediante la invocación de su dulce nombre, contuvo a aquel hombre enojado, y tirando el puñal, me dijo:
-Válgate ese divino nombre que siempre he respetado.
A este tiempo ya estaba el aposento lleno de gente; los serenos aseguraron al heridor; la pobre Luisa estaba desmayada del susto, y el confesor a mi lado.
Me medio confesé, no sé cómo; porque quién sabe cómo se hacen las confesiones, los arrepentimientos y propósitos en unos lances tan apurados en que el hombre apenas basta para luchar con los dolores de las heridas y el temor de la muerte.