El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Pasada esta ceremonia, que en mi conciencia no fue otra cosa, atendida mi ninguna disposición, perdonado mi enemigo con la boca, y trasladado éste a la cárcel con su esposa injustamente, sólo se decía de mí que moría sin remedio; porque me desangraba demasiado, sin haber quien me restañara la sangre, o que siquiera me tapara la herida, ni aun cierto cirujano que por casualidad entró allí, pues todos decían que era preciso que interviniera orden de la justicia para estas urgentísimas diligencias.

La efusión de sangre que padecía era copiosa, y me debilitaba por momentos; la basca anunciaba mi próxima muerte; toda la naturaleza humana se conmovía al dolor y al deseo de socorrerme a la presencia de mi cadavérico semblante; pero nadie se determinaba a impartirme los auxilios que le dictaba su caridad, ni aun a moverme de aquel sitio, hasta que quiso Dios que con la orden del juez llegó la camilla y me condujeron a la cárcel.

Pusiéronme en la enfermería, y como era de noche, tardó en llegar el cirujano; y cuando vino, haciendo ponerme boca abajo, me introdujo la tienta, que me dolió más que el puñal; me puso una vela en la herida para saber si el pulmón estaba roto e hizo no sé cuántas más maniobras, y concluidas, ocurrió a restañarme la sangre, que le costó poco trabajo en virtud de la mucha que yo había echado.


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