El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Después me dieron atole o no sé qué otro confortativo semejante, declarando que la herida no era mortal.
Aquella noche la pasé como Dios quiso, y al día siguiente me llevaron al hospital, donde no extrañé ni la prolijidad del médico, ni la asistencia de la enfermería de la cárcel.
Allí, en la cama, di mis declaraciones y disculpas, que acordes con las de Luisa, bastaron para ponerla en libertad con su marido.
A los veinte días me dio por bueno el cirujano, y atendiendo los jueces a mis descargos y al tiempo y dolencias que había padecido, me pusieron en libertad, notificándome que jamás volviese a pasar por los umbrales de Luisa, lo que yo prometí cumplir de todo corazón, como que no era para menos el susto que había llevado.
Cátenme ustedes fuera del hospital, en la calle como siempre y sin medio en la bolsa; porque no sé si los serenos, los enfermeros de la cárcel o los del hospital, me hicieron el favor de robarme los pocos que me sobraron de la venta de mi chupa, aunque algunos de ellos fueron sin duda.
Fuera del hospital traté siempre de buscar destino que siquiera me diera qué comer. Por accidente se me puso en la cabeza entrar a misa en la parroquia de San Miguel.