El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Yo, advirtiendo que el hecho era innegable, confesé ingenuamente todo lo ocurrido, presentándole al cura el cintillo, quien luego que oyó nuestra relación, tuvo que hacer bastante para contener la risa; pero acordándose que era él responsable de estos desaciertos, encargó el castigo de mi compañero a su padre, y a mí me dijo que me mudara en el día, agradeciéndole mucho que no nos enviara a la cárcel, donde me aplicarían la pena que señalan las leyes contra los que quebrantaban los sepulcros, desentierran los cadáveres y les roban hábitos, alhajas u otra cosa.
-Esta pena -decía el cura-, sepa usted para que otra vez no incurra en igual delito, es que si las sepulturas se quebrantan con fuerza de armas, tienen los infractores pena de muerte; y si es sin ellas clandestinamente, como ahora, deben ser condenados a las labores del rey. Pero yo, que caritativamente quiero excusar lo de esta pena, no puedo mantenerlo en mi curato, porque quien se atreve a un cadáver por robarle un cintillo, con más facilidad se atreverá a despojar una imagen o un altar mañana que otro día. Conque váyase usted y no lo vuelva a ver en mi parroquia.
Diciendo esto, se retiró el cura; a mi compañero le dio su padre una buena zurra de latigazos y yo me marché para la calle antes que otra cosa sucediera.