El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Volví a tomar mi acostumbrado trote en estas aventuras desventuradas. Los truquitos, las calles, las pulquerías y los mesones eran mis asilos ordinarios, y no tenía mejores amigos ni camaradas que tahúres, borrachos, ociosos, ladroncillos y todo género de léperos, pues ellos me solían proporcionar algún bocado frío, harta bebida y ruines posadas.
Cuatro meses permanecí de sacristán haciendo mis estafillas, con las cuales, más que con mi ratero salario, compré tal cual miserable trapillo que di al traste a los quince días de mi expulsión.
Me acuerdo que un día, no teniendo qué comer, encontré a un amigo frente de la catedral por el Portal de las Flores, y pidiéndole medio real para el efecto, me dijo:
-No tengo blanca; estoy en la misma que tú, y quería que me llevaras a almorzar a la Alcaicería, que según he oído a la vieja bodegonera, allá te tiene cuanto ha guardado, dos o tres reales.
-En verdad que así es -le dije-, pero con el gusto de mis bonanzas se me habían olvidado.
Me admiro mucho de la buena conciencia de la bodegonera; si otra fuera, ya eso estaba perdido.
En esto nos fuimos a comer como pudimos, y concluida la comida, se fue mi amigo por su lado y yo por el mío a seguir experimentando mis trabajos como antes.