El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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En esto fueron todos dando sus cuentas en clase de conversación, de lo que habían buscado en el día, y cada uno enseñó sus ollitas y tompeates llenos de mendrugos y sobras de los platos ajenos, a más de algunos realillos que habían juntado.

Llegó a lo último la dicha Anita, y sólo presentó cinco reales, diciendo:

-Como este diablo de muchacho está curtido, apenas he comido hoy y he juntado esto poco, pero mañana me la pagará.

Admirado yo con esta relación, traté de informarme de raíz cómo podía contribuir aquel tierno niño al oficio de los mendigos, y supe con el mayor dolor, que aquella indigna madre y despiadada mujer pellizcaba al pobre inocente cuando pedía limosna, a fin de conmover a los fieles y excitar su caridad con la vehemencia de sus gritos.

No me escandalicé poco con semejante inhumanidad; pero advirtiendo lo fácil y socorrido del oficio, disimulé cuanto pude y me decidí a entrar de aprendiz desde aquella hora.

Era cosa célebre oír contar a aquellos tunantes los arbitrios de que se valían para sacar los medios de las faltriqueras más estreñidas. Unos decían que se fingían ciegos, otros insultados, otros asimplados, otros leprosos y todos muertos de hambre.


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