El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -No -dijo mi madre, que hasta entonces sólo había escuchado sin despegar sus labios para nada-, no, ésa no es razón ni menos embarazo; porque con ponerlo de capense ya se remedió todo.
-Muy bien -dijo mi padre-, me has quinado; pero vamos a ver qué salida me das a esta otra dificultad. Yo ya estoy viejo, soy pobre, no tengo qué dejarte; mañana me muero, te hallas viuda, sola, sin abrigo ni qué comer, con un mocetón a tu lado que cuando mucho sabrá hablar tal cual latinajo y aturdir al mundo entero con cuatro ergos y pedanterías que el mismo que las dice no las entiende; pero que en realidad de nada vale todo eso, porque el muchacho, como no tiene quién lo siga fomentando, se queda varado en la mitad de la carrera sin poder ser ni clérigo, ni abogado, ni médico, ni cosa alguna que le facilite su subsistencia ni tus socorros por las letras; siendo lo peor que en ese caso tampoco es útil ya para las artes, pues no se dedicará a aprender un oficio por tres fortísimas razones. La primera, por ciertos humorcillos de vanidad que se pegan en el colegio a los muchachos, de modo que cualquiera de ellos sólo con haber entrado al colegio (y más si vistió la beca) y saber mascar el Cicerón o el Breviario, ya cree que se envilecería si se colocara tras de un mostrador, o si se pusiera a aprender un oficio en un taller. Esto es aun siendo un triste gramatiquillo, ¿qué será si ha logrado el altisonante y colorado título de bachiller? ¡Oh!